Opinión
UN CUARTO DE AMBIENTE
Hay un espantoso refrán de la cotidianeidad argentina que instituye la idea del “roban pero hacen”. Se presupone que décadas de corrupción instalada, acompañada por una no menos cruel ineficiencia, han instalado la noción de que, si bien parece imposible que quien pase por la función pública no se haga rico, al menos que deje algo que la gente pueda valorar.
No hay que olvidar que la tremenda claudicación social que implica dar por sentado que quien nos representa obligatoriamente va a llevarse lo que no le pertenece, se recorta sobre un paisaje cristalizado: no por casualidad, ni por imperio de lo ocurrido en los últimos lustros, la Argentina se encuentra peleando el descenso en el ranking de países según el grado de corrupción estructural que expresan. En rigor, la Argentina ocupa el puesto 93 entre 163 países, teniendo por encima -es decir, con prácticas del Estado menos opacas y venales- a naciones de menor desarrollo económico, social y educativo como Panamá o Jamaica.
De ahí la gravedad que destilan las denuncias contra la secretaria de Medio Ambiente, Romina Picolotti, y las sospechas que se derivan del increíble hallazgo de una bolsa con sesenta mil dólares en un armario del baño privado del despacho de la ministra de Economía, Felisa Miceli.
De los dos episodios, el que más indignación provocó es del de la secretaria de Medio Ambiente, originariamente una suerte de “esperanza verde”: su procedencia desde un ámbito académico y no gubernamental, su presunta adhesión a la causa de la gente de Gualeguaychú para detener a Botnia y su supuesta falta de contaminación con los manejos y ambages de la política internista le otorgaban una cucarda especial y una expectativa superior a la de cualquier funcionario devenido del dedo de algún colega.
Por eso mismo, la decepción es más grande.
“Le hizo un daño institucional enorme al mundo de las organizaciones no gubernamentales”, indicó, más con dolor que con indignación, el constitucionalista Daniel Sabsay, director de la Fundación Ambiente y Recursos Naturales y, en su momento, sugerido por este mismo gobierno para ocupar el sitio en que luego se aposentó Picolotti.
Inservible contraataque
En una defensa matizada con injustificables ataques al periodista que brindó la información acerca de las supuestas irregularidades de la gestión en Medio Ambiente, el jefe de gabinete justificó en la ímproba tarea que debía realizarse la contratación de una cantidad de profesionales para sumar a una cantidad similar con la que ya contaba la Secretaría al momento de asumir Picolotti. La infinidad de denuncias y descripciones hechas desde el interior del organismo ambiental desmienten esa hipótesis. Más bien, hablan de que se dejó de lado (echándolos, otorgándoles vacaciones forzadas o derivándolos a destinos estrambóticos) a profesionales probados y con sus cargos obtenidos por concurso, para ser reemplazados por la nutrida convocatoria a ignotos realizada por Picolotti. Cabría preguntarse, a la luz de la tácita evaluación negativa hecha por Picolotti de los profesionales que encontró al llegar a la Secretaría de Medio Ambiente, para qué sirve el escalafón y la carrera administrativa dentro de la Administración Pública Nacional si un funcionario político puede llegar y reemplazar a todo aquel que tiene diez o quince años de carrera en el Estado por otro que recibe un contrato sin ninguna evaluación previa, gana más dinero y realiza una tarea por la que -ante un eventual fracaso- no paga con su cargo.
Pero volviendo al refrán barrial del principio, todo podría relativizarse si la gestión de Picolotti -dados sus logros- hubiera demostrado que era necesario duplicar la planta de personal que encontró al llegar.
Las evaluaciones de los expertos, incluyendo a la Universidad de Buenos Aires que auditó con resultado negativo el plan de saneamiento del Riachuelo propuesto por Picolotti, es que la gestión ambiental no tiene los éxitos que corresponderían a una Secretaría con 700 agentes.
Y así como el jefe de Gabinete desacreditó las denuncias periodísticas por provenir, supuestamente de una operación de prensa con fines políticos, resulta un tanto más complicado atribuir a un inmenso complot la unánime y calificada opinión respecto de los pobres -o nulos- resultados obtenidos en el ámbito ambiental en el último año.
De hecho, Picolotti, quien llegó con la supuesta solución al conflicto de las papeleras bajo el brazo, fue desplazada de la negociación e incluso de la elaboración de estrategias, tras el fracaso de su incursión para intentar detener el financiamiento del Banco Mundial para Botnia.
Preocupante silencio
Además, la Argentina ostenta hoy el dramático record de ser el país del mundo con más alta tasa de deforestación de bosques nativos, y no se oye a Picolotti tronar para que los senadores se dignen a tratar la ley que tienen cajoneada.
Y del plan para limpiar el Riachuelo, ya hablaron la Corte Suprema de Justicia, todas las ONG con conocimientos en el tema y la Universidad de Buenos Aires a través del dictamen de dieciocho académicos.
Esto por no hablar de la impunidad de las empresas mineras, el festival de pesticidas que se aplica sobre la soja o el futuro de la energía, tópicos acerca de los cuales la Secretaría de Medio Ambiente de la Nación, insólitamente, no tiene nada para decir.
No es que la corrupción sea menos grave que la eficiencia. Es que resulta doblemente hiriente y ofensivo que se invoquen tareas ciclópeas para justificar gastos que después nadie rinde.
Un colega nada habituado a los pasillos del medio ambiente sostenía con estupor en estos días poco felices para Picolotti: “Es notable cómo en un momento en que el tema ambiental está en la agenda política y social, nadie, ni del ámbito académico ni del sector de la sociedad civil, haya salido a respaldar a la secretaria de Medio Ambiente”. Y ese es un dato que el gobierno debiera anotar.
La realidad del medio ambiente en la Argentina, con la impunidad que expresan todos sus ríos contaminados y utilizados como caño de desagote, no admite más que medidas de emergencia para atender la urgencia. Y para atender la urgencia no es necesario un avión privado. Alcanza con la idoneidad y la buena fe.
(*) Coordinador Editor
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