Opinión

Domingo 09 de Septiembre de 2007
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FRAUDE

En la política Argentina para desacreditar la idea del fraude sólo hace falta sentido común: en el siglo XXI no se puede robar una elección como si del otro lado estuvieran los campesinos víctimas...

... de la década infame. El escándalo de Córdoba no es otra cosa que un hecho común cada vez que la ciudadanía va a las urnas.

 

Curiosidades de la política argentina: un diario cordobés sube a su página web una encuesta en la que pregunta acerca del sentimiento que la elección dejó tras las suspicacias desatadas tras el estrecho resultado. Casi el cincuenta por ciento responde que siente impotencia por la sensación de fraude que impera en la provincia. Es decir que aún aceptando que los sondeos por Internet son voluntarios y por eso mucho más imperfectos que las encuestas (sin entrar a detallar el altísimo grado de ineficacia de éstas), se puede inferir que es más la gente que cree que hubo trampa que la que votó al candidato que denunció que lo robaron.
Luis Juez, el candidato opositor (¿opositor a quién?) le dice a un periodista: “Estaba preparado para gobernar y estaba preparado para perder, pero no estaba preparado para que me roben”. Alguien, escuchando ese comentario, me susurra al oído: “¿Juez no es argentino? Porque si es argentino debe estar obligatoriamente entrenado para que lo roben”. Y, ciertamente, si uno rememora las andanzas de los corralitos, las privatizaciones, los triunfos justicialistas en Santa Fe usufructuando la ley de lemas, y otras vicisitudes de la glamorosa e inquieta vida política e institucional de la Argentina, debe admitir que quien no está preparado para que lo roben es porque estuvo los últimos treinta años viviendo en Suiza.
Como muchas veces decimos, en la Argentina lo más grave no es tanto que las cosas sucedan (finalmente, muchas son indemostrables) sino que nos parezcan normales, habituales, previsibles e incluso posibles.
Un sociólogo teorizaba días atrás, a partir de una pregunta respecto de las posibilidades de hacer fraude en la Argentina. Los finales con amplios márgenes, decía, son complicados para hacer trampa porque las propias encuestas, encargadas por esos mismos candidatos, funcionan como un reflejo de qué resultado es posible y cuál no. Todos sabían que Hermes Binner iba al frente en la intención de voto en Santa Fe. Un encuestador, apenas, pronosticó un posible empate. Pero hubiera sido imposible de explicar un triunfo de Rafael Bielsa por diez puntos de diferencia. Usando la misma lógica, una victoria por diez puntos de Juan Schiaretti en Córdoba no hubiera provocado sospechas.
En cambio, decía nuestro sociólogo de cabecera, en una diferencia estrecha todo es posible.
Todavía se escuchan los ecos de las protestas del radical Horacio Usandizaga tras la elección que Carlos Reutemann le arrebató luego de que todos pronosticaran un triunfo holgado del rosarino en la primera elección en que triunfó el ex corredor de Fórmula uno. Una diferencia muy estrecha, imperceptible y, según Usandizaga, inexistente, le dio la gobernación a Reutemann.
Hay antecedentes similares en el Chaco de los primeros años posteriores al retorno de la democracia, en Tierra del Fuego, en Misiones. ¿Pudo haber ocurrido en Córdoba?
La ausencia de transparencia no es un atributo, pero sí un elemento característico de la forma de hacer política en la Argentina. Pero, se sabe, el fraude o la trampa o la oscuridad o la opacidad del accionar de la política son metodologías de consolidación política y no argucias por el sólo placer de disfrutar su ejecución.
Hace tres años, nada más que tres años, el presidente Néstor Kirchner convocaba a su despacho a intendentes que entonces presentaban al menos tres aspectos en común: no eran originarios del aparato justicialista (dos de estos, de hecho, ni siquiera eran peronistas), gobernaban a las tres primeras ciudades del país, y habían llegado al poder no como consecuencia de componendas partidarias, sino como resultado de la aprobación popular a sus proclamas progresistas. Uno de ellos, Aníbal Ibarra, se quemó políticamente en Cromañón. Otro, Hermes Binner, acaba de dar un bruto golpe al gobierno nacional destronando por primera vez en dos décadas y media al justicialismo santafesino. Y el tercero, Juez, aunque según algunas versiones abrevaba en los territorios del jefe de gabinete, denunció a un organismo dependiente de Kirchner, el Correo Central, de ser el responsable del supuesto fraude en su contra.
Algunas preguntas que sostienen la idea del fraude: ¿hubiera podido el gobierno tolerar dos derrotas duras (la de Santa Fe más anunciada y, por eso, más digerible) el mismo día y a dos meses de los comicios nacionales? ¿hubiera sido Juan Manuel De la Sota leal con el kirchnerismo que le dio la espalda en sus primeros años si su candidato quedaba segundo y, como es regla en el peronismo, todos acudían en auxilio del ganador? Y, de ser así, la intención  de voto que hoy presenta Cristina en Córdoba, se hubiera mantenido ante el eventual éxodo de las tropas delasotistas hacia las huestes de Rodríguez Saá, Sobisch o Lavagna?
En cambio, para desacreditar la idea del fraude sólo hace falta sentido común: en el siglo XXI no se puede robar una elección como si del otro lado estuvieran los campesinos víctimas de la década infame. De hecho, Juez presenta muchas más denuncias e imprecaciones que pruebas o explicaciones acerca de cómo pudo haberse cometido el delito electoral. El asunto, una vez más, es que la realidad en la política argentina responde a la más frondosa imaginación mucho mejor que la más florida fantasía.

(*) Coordinador editor

 

Por Sergio Federovisky
Domingo 09 de Septiembre de 2007
Sección: Opinión

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