Opinión

Domingo 09 de Septiembre de 2007
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ALTAS Y BAJAS DEL TOPE HORARIO

La revisión del decreto de necesidad y urgencia que limitó la diversión nocturna hasta las 4.00 muestra que los males que se pretendieron combatir siguen firmes. Los padres deben ejercer su rol de...

... jefes de familia en lugar de dejárselo al Estado.

 

El 10 de mayo de 2006 entró en vigencia otra vez el tope horario de las 4.00 de la mañana. Esta restricción había sido aplicada a comienzos de la década del 90. En esos años, los argumentos que esgrimió el entonces vicegobernador Julio Díaz Lozano eran los mismos que utilizó el actual mandatario José Alperovich: combatir el excesivo consumo de bebidas alcohólicas entre los jóvenes, brindar mayor seguridad nocturna (traducida en evitar peleas, abusos y vandalismos), preservar la institución familiar y otras razones, algunas atendibles y otras para debatir con mayor frialdad.
En la década del 90, numerosas voces se alzaron contra el tope. Al igual que ahora, la principal fue la absurda limitación a las libertades individuales, que al tener rango constitucional no pueden ser cercenadas por un decreto -ni siquiera uno presidencial-. Si se compara, la diferencia más extrema fue que la primera vez que se dispuso el tope no fue una reacción desesperada por la muerte de una joven: Paulina Lebbos.
Días después de su aplastante triunfo electoral, Alperovich se mostró flexible sobre el tema. Admitió que no hay transporte público a la madrugada (por los asaltos que sufren los colectiveros) y anunció un decreto para extender el horario de cierre de bares y boliches hasta las 6.00. La Legislatura ya estudia su ratificación.
Por una casualidad del destino, mientras se debatía este decreto, los medios reflejaron una pelea ocurrida en la madrugada del lunes 3 de septiembre en una fiesta clandestina o “after”, que proliferaron luego de la restricción oficial. Un policía fue agredido por media docena de jóvenes. En la refriega, su pistola le fue sustraída. La Policía informó que, a simple vista, los agresores se encontraban ebrios.
¿Cuántas veces se habrán producido incidentes similares en otros “afters”, sin que salieran a la luz? Estas reuniones tenían todos los condimentos para generar inseguridad: espacios reducidos, consumo indiscriminado de alcohol, cigarrillos y quizás otras sustancias, baños en estado ruinoso...
Involuntariamente, este hecho reflejó la deficiencia de esta imposición que el Gobierno, en un equivocado rol paternal, impuso a la comunidad y que ahora Alperovich tuvo que revisar.
No faltan las voces que critican esta vuelta atrás y ponderan el tope de las 4.00. Cabe preguntarse si no son los mismos padres que, en lugar de ocupar ese papel, prefieren que el Estado lo asuma. Sin duda, serán los primeros en aplaudir a quienes ocupen el lugar que ellos están obligados a ejercer.
Mala suerte para esos desaprensivos: tendrán que acercarse a sus hijos, saber qué hacen con su tiempo libre y quiénes son sus amigos. En definitiva, deberán tomar en serio la jefatura de su familia y ser padres con todas las letras.

(*) Jefe de Policiales

 

Por Mario Endrizzi
Domingo 09 de Septiembre de 2007
Sección: Opinión

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