Policiales
La muerte de un niño desató una pueblada
La absurda muerte de alguien que recién empezaba a vivir, sumada a la furia casi incontenible de cientos de vecinos condenados a residir en una de las zonas mas inseguras de la ciudad. Dos ingredientes letales que se combinaron ayer por la tarde para convertir a San Cayetano en un campo de batalla entre los habitantes del lugar y la Policía.
Todo comenzó alrededor de las 16.00. Lucas Ramiro Córdoba estaba jugando con un grupo de amigos en la vereda de una casa ubicada en la ochava sudeste de Eugenio Méndez y Carlos Finley. Aparentemente, el menor sintió necesidad de orinar, por lo que cruzó la primera de las calles en dirección a su casa. Pero antes de llegar a la humilde vivienda en la que residía junto a su madre y dos hermanas, decidió detenerse en el portón de la propiedad de al lado, la que ocupa otra de las ochavas en esa esquina. Allí hizo lo que cualquier chico de su edad haría: se puso a orinar contra la tapia que cierra el perímetro del terreno, justo en el lugar donde comienza un tosco portón de chapa.
Furia asesina
Pero ni el pequeño ni los vecinos que presenciaban la inocente escena, contaron con la furia asesina de quien, desde adentro del terreno, se preparaba para desatar una tragedia.
Juan Dante Arévalo estaba a metros del lugar, regando una huerta en el patio de la casa. Al parecer, percibió la silueta del menor detrás del metal que obstruía casi por completo su visión. Quizás pensó que se trataba de alguien que quería ingresar a la vivienda, como tantas veces había ocurrido antes de que su ex mujer la pusiera a su cuidado. Lo cierto es que el hombre, quien es descripto por quien fuera su esposa como una persona extremadamente nerviosa, tomó un arma de fuego y disparó contra el portón.
Fue una sola bala. No hizao falta mas que un mi-núsculo trozo de plomo para truncar la vida de un inocente niño cuyo único pecado fue evacuar en la vereda.
El proyectil atravesó sin problemas la chapa del cerramiento y perforó el frágil torax de Lucas. Si la mala suerte existe, ayer a esa hora estaba toda concentrada en ese lugar, ya que la bala traspasó el metal a solo cuatro centímetros de la pared que habría podido detener su marcha de muerte. El niño utilizó sus últimos segundos de vida para atravesar la calle Méndez de vuelta al lugar en el que había estado jugando con sus amigos. Solo alcanzó a decir “me pegaron un tiro” antes de desplomarse sobre la acera.
Pueblada
Toda la escena fue presenciada por Isaac Argentino Darúi, un vecino que, casualmente, estaba a metros del lugar donde cayó Lucas. El hombre lo levantó del suelo, cargándolo hasta ponerlo en manos de un motociclista, que fue el encargado de llevarlo hasta un centro de atención, desde donde lo derivaron al Hospital de Niños. Pero cuando Lucas llegó a este nosocomio, ya había dejado de respirar.
Mientras tanto, en la escena del crimen, algunos jóvenes que se habían enterado de lo sucedido, ingresaron al domicilio del niño muerto y trataron de saltar la tapia para acceder a la vivienda del agresor. Uno de ellos, menor de edad, le dijo a EL SIGLO que había alcanzado a ver a Arévalo asomado por una de las ventanas. Pero los uniformados se lo impidieron.
Las fuerzas de seguridad cercaron la esquina y, a duras penas, lograron contener a la multitud que se dió cita en el lugar tratando de hacer justicia por mano propia. Cuando los encargados del operativo les dijeron que el presunto asesino ya no estaba allí, la turba se dirigió a la esquina de Méndez y Thomas Edison. Allí, en una imponente casa, vive Julia Sandoval, la ex mujer de Arévalo. Amparados en las primeras sombras de la noche, los vecinos comenzaron a apedrear la vivienda y hasta amenazaron con quemarla. Cuando la Policía intentó dispersarlos se originó una descomunal pelea con pedradas de la gente que eran respondidas con balas de goma de la infantería. El enfrentamiento, que se extendió durante casi una hora, derivó en que el comisario Heberto Cortez, segundo jefe de zona de la Fuerza, sufriera un profundo corte en el cuero cabelludo.
Dolor y silencio
Lentamente, el barrio se fue calmando. Arévalo y su hijo fueron aprehendidos y llevados a la sede del área investigativa de la Seccional Cuarta. En la pequeña vivienda de los Córdoba, a metros del portón agujereado, los familiares comenzaron los preparativos para el velorio. La multitud, cambiando los gritos y amenazas por un inquietante silencio, se negaba a abandonar las calles.
La luz de los faroles iluminó anoche la vigilia de un San Cayetano que no durmió, conmocionado por el dolor y la impotencia de una muerte absurda.
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