Opinión
ESTÚPIDOS
... que, según aquellos que miran un poco más allá de su nariz, están empezando a opacar el horizonte.
Bill Clinton, quizás el ex presidente de los Estados Unidos de mayor marketing y recordación social desde la muerte de John Fitzgerald Kennedy, fue autor de dos argumentaciones extraordinarias para explicar aquello que sólo desde la picardía y la lectura real de lo que ocurre en la calle se podía fundamentar. Cuando lo agarraron con las manos en la mesa del salón oval mientras una joven becaria jugueteaba con un cigarro y su miembro, Clinton -para defenderse- dijo que no había sido infiel, pues técnicamente no había habido una relación sexual, es decir, no había existido penetración.
Con similar picardía, cuando jugaba sus chances para convertirse en el primer presidente estadounidense demócrata tras el reinado de casi dos décadas de los republicanos, explicó qué era lo que movilizaba a la gente a elegir a éste o a aquél y cuál era la única preocupación cierta y contundente de cada ciudadano a la hora de valorar su gobierno: “Es la economía, estúpidos”, dicen que le dijo a sus asesores o a sus seguidores. Aunque en verdad nadie halló esa frase en ningún registro de la campaña electoral de 1992, no es trascendente comprobar si existió o no, pues Clinton ya había puesto como nadie el énfasis en asegurar que sólo sería valorado aquel gobernante que arreglara la economía del país más poderoso de la tierra.
Mil preguntas
¿Qué vale más: la sensación de algo o lo que nos aseguran acerca de ese fenómeno que percibimos?
¿Qué pesa más: el valor exorbitante del kilo de tomates o la sentencia, repetida hasta el cansancio, por el gobierno respecto de que la inflación está dentro de los carriles aceptables y el resto son infundios que lanzan aquellos que desean beneficiarse especulativamente con un punto más o menos del índice de precios?
¿Qué se pondera más: la denuncia reiterada -e incluso judicializada- acerca de los “retoques” que el INDEC supuestamente hace sobre los números, o la sensación térmica que señala que, aún con algo de inflación por encima de lo deseable, estamos mejor que cuando nos quemaban las llamas del infierno allá por el 2001-2002?
En la Argentina de hoy conviven dos sensaciones.
Por un lado, el alivio que genera el crecimiento sostenido de la economía de manera repetida a lo largo de un lustro, gratificación que la sociedad argentina desconocía desde hace demasiado tiempo.
Pero, por otro lado, aparecen las nubes que, según aquellos que miran un poco más allá de su nariz, están empezando a opacar el horizonte. En realidad, hay que decirlo, el alivio no es completo: la capacidad de recomposición de la distribución de la riqueza ha sido virtualmente nula y no ha acompañado, como socio obligatorio, al proceso de crecimiento macroeconómico. Los pobres están comparativamente mejor porque venían de jugar en primera D, sin más horizonte que mañana a la mañana. Y desde ese subsuelo, cualquier mejora es sentida como un logro tremendo, y eso -dicen- es lo que sostiene electoralmente una de las patas del casi seguro triunfo del kirchnerismo. La otra pata, obvia, es la que representa a quienes más diferencia han hecho en los últimos años y que explica el por qué de la no redistribución de la riqueza: para que un pobre siga siendo pobre o sea cada vez más pobre, el rico debe hacerse irremediablemente más rico. Y eso ocurre de manera exagerada en la Argentina de estos tiempos.
Turbulencias a la vista
Los que miran más allá de la coyuntura, con o sin afán de crítica al oficialismo, avizoran turbulencias. Los diarios nacionales publicaron esta semana estadísticas oficiales que señalan que “en tres meses la deuda pública aumentó casi dos mil millones de dólares”. Más todavía: para quienes creían que la Argentina había salido definitivamente del infierno al renegociar su deuda externa, habría que aclararles que actualmente el país debe 163.000 millones de dólares, equivalentes al 60 por ciento del PBI (los organismos financieros internacionales dicen que una deuda es manejable sólo si no supera el equivalente a un cuarto del PBI). Y el año próximo se esperan vencimientos por unos ocho mil millones de dólares y aparecen serios temores acerca de las dificultades de hacerles frente en condiciones que no supongan mayor endeudamiento y a tasas más altas. En ese contexto, aparece la inflación.
Y, seguramente, como siempre, se debe a intereses especulativos, ya que nadie cree que el sector más pobre, más postergado, esté operando en algún sitio oscuro de la cadena productiva para llevar el tomate a más de diez pesos el kilo. La Argentina es una distorsión con forma de país: nadie es capaz de explicar -más allá de las heladas y el frío- por qué una verdura vale un peso en el mercado de abasto y siete en la góndola de un supermercado. O, mejor dicho, sí se puede explicar: el país está, desde tiempo inmemorial, encadenado a la mafia de la especulación y la intermediación, y ningún gobierno -vaya a saber uno por qué- consiguió quebrar esa cadena macabra.
Entonces, la gente empieza a sentir lo de siempre: hartazgo, impotencia, cansancio, resignación. Y elige según valores más vinculados a “lo menos peor” que a lo deseable. Es la economía y los estúpidos parece que somos nosotros, los que la padecemos.
(*) Coordinador editor
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