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14/10/2007 00:38 AM |

... una arista de análisis que bien puede orientarse en el plano político, llegando en un momento trascendente para los EEUU.

 

La noticia no deja de asombrar: Al Gore, el ex candidato a presidente de los Estados Unidos cuyo triunfo, según todos coinciden, fue birlado por el actual mandatario George W. Bush, fue galardonado con el Premio Nobel de la Paz.
Pero lo interesante del caso es la identificación que el comité Nobel hace de paz y medio ambiente. Es que Al Gore no será premiado por haber alcanzado la paz entre dos países en guerra. Ni siquiera por ser un luchador de los derechos humanos en algún remoto país asiático condenado por una permanente y ominosa dictadura. Tampoco es que Gore sea destacado por su defensa de las minorías negras o hispanas postergadas en los Estados Unidos o por defender el derecho de quienes emigran a su país buscando lo que les niegan en América Latina. Por el contrario y de manera novedosa, Gore es distinguido con el mismo premio que la Cruz Roja, Albert Schweitzer, Martin Luther King, la madre Teresa de Calcuta o Nelson Mandela por haber transitado el planeta dando charlas a favor de una conciencia que detenga el calentamiento global. Por instalar un tema al que los políticos tradicionales siempre le dan la espalda.
Es necesario analizar el hecho porque, así como se sabe que ningún premio es ingenuo, en este caso se presume que conlleva muchos y muy diversos mensajes.

Una rara coincidencia

No cabe duda, antes que nada, que no resulta casual que Gore sea premiado en el mismo momento en que Bush atraviesa el punto más bajo de su tobogán descendente en camino a su salida de la Casa Blanca. ¿Hubieran, los señores que entregan el Nobel, dado el mismo premio a Gore por ejemplo cuando Bush tenía el 75 por ciento del apoyo de los estadounidenses tras el atentado contra las torres gemelas?
Tampoco parece casual que Gore, quien fuera despojado aviesamente de su presidencia por una espuria maniobra de recuento fraudulento de votos a la luz del día, reciba este premio en el mismo momento en que el partido Demócrata (al que representó en aquella elección de 1999) discute quién será su candidato en los futuros comicios, en los que cuenta con excelentes chances de triunfar. ¿Habrá una pequeña venganza de Gore hacia los Clinton, quienes lo ningunearon en la campaña del 99 y ahora pretenden que Hillary recupere el sitial de Bill? ¿Será este premio la manera de convencer a Gore que su tarea primordial es "convertir al ambientalismo" en la economía del país más contaminante de la Tierra y principal responsable de los gases de efecto invernadero que provocan el cambio climático? Queda claro en cualquier caso que al premio Nobel de la Paz le será muy difícil rechazar un "operativo clamor" para convertirse en el futuro presidente de los Estados Unidos y a los ciudadanos de ese país les resultará muy políticamente correcto votar a un ex injustamente derrotado que se sobrepuso a ese escarnio y se convirtió en el líder del mundo sin pasar por el salón oval de la Casa Blanca.

Un buen argumento

Pero lo más extraño del premio otorgado a Gore es aquello que resulta más difícil analizar desde la mezquindad habitual de la política. ¿Por qué la Academia de Estocolmo identifica a la lucha a favor del medio ambiente como un elemento vinculado a la paz?
Si uno observa el documental de Gore ("La verdad incómoda", por el que obtuvo el Oscar) no parece fácil descubrir un mensaje a favor de la paz. Más bien, se puede establecer una interesante descripción de lo que la ciencia tiene para decir del cambio climático y una invocación al compromiso individual para aportar a mayor conciencia en la dirección de un mejor uso de la energía y los recursos naturales. Puede, si se quiere, aceptarse que una militancia ambientalista veraz y comprometida (que no se sabe si es la de Gore) debiera obligar a (o tender a) modificar los patrones de consumo de los sectores y países más ricos, que son los responsables objetivos de la masacre de los recursos naturales. Puede también inferirse que un cambio en esa dirección es obligatoriamente en defensa de los que menos tienen y conduce a una sociedad más igualitaria o, al menos, no tan descompensada. ¿Es eso lo que quiere Gore?
Al mismo tiempo, junto a Gore como figura mediáticamente indisimulable, se premió al Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC, por su sigla en inglés), que es el sostén científico que da validez académica a la convención de Naciones Unidas que persigue el combate contra el calentamiento global. ¿Es otro mensaje a Bush, quien hasta el día de hoy se niega a firmar el Protocolo de Kyoto -sentado sobre aquellas bases científicas- y discute la veracidad de la acción humana en el cambio climático? Pero éstas son lecturas si se quiere anecdóticas, menores.

Decisión histórica

Lo importante, y es lo que debe leerse de la decisión de la Academia sueca, es que por primera vez en la historia el tema ambiental es merecedor de un premio universalmente reconocido por su posición políticamente correcta y coherente. Quizás, ante la certeza de que estamos en un mundo que mira para otro lado ante cada advertencia de próxima aparición del apocalipsis ecológico, se premió a aquél que instaló un tema contradictorio con la política tradicional. Quizás, decidió reconocerse a aquel que batalló para masificar un discurso que era patrimonio de minorías contestatarias y que, para poder revertir el estado actual de las cosas, precisa convertirse en una demanda universal. Quizás, incluso, se le dio un premio al tema ambiental para que ya no pueda ser tratado como la cenicienta de los asuntos de Estado.
No es poco: se premió un discurso que va a contramano de los intereses (mezquinos, cortoplacistas, angurrientos) que predominan hoy en la economía mundial. Se premió un discurso incómodo para los poderosos.

(*) Coordinador editor

 


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