Policiales
Lunes 22 de Octubre de 2007
Publicada en la Edición Impresa
La Justicia falló ¿Falló la Justicia?
Verónica Juárez, la joven que denunció haber sido violada por un hombre que fue
sobreseído el
jueves pasado, aceptó dar el nombre y mostrar su rostro, para contar su verdad.
“Dudo, luego existo”, dijo Descartes y depositó a la mayoría de nosotros ante la insoportable posibilidad de confirmar nuestra condición de seres humanos a partir de la duda, permanente y sistemática.
Pero más allá de las consideraciones personales que podamos tener al respecto, la sociedad concibió la idea de forjar instituciones cuyo funcionamiento, libre de toda posibilidad de cuestionamiento, garantice la convivencia armónica a partir del establecimiento de reglas de juego claras e inamovibles.
¿Qué pasa entonces con nuestra comunidad cuando comenzamos a dudar de éstas? Tal vez la respuesta a esa pregunta es lo que se deja ver como la trama de fondo que sostiene todos los males que le toca enfrentar a nuestra sociedad, fragmentada entre opulentos y desposeídos, poderosos y oprimidos, incluidos y marginales, rectos y corruptos.
Claro que de por medio está siempre la Justicia. Concebida como el último reducto en el cual se resguardan y encuentran ayuda quienes de otra manera estarían condenados a sucumbir, su administración debiera ser ejercida de tal modo que no ofrezca resquicios por donde pueda filtrarse la duda.
Pero los hay. Con todo el riesgo que eso implica.
¿Vale la pena?
Verónica Noemí Juárez pidió que su nombre apareciera así, completo. “No hay nada de lo que deba avergonzarme, porque tengo la conciencia tranquila”, le dijo al EL SIGLO luego de que su madre nos franqueara la entrada a la vivienda que se levanta sobre la calle 25 de Mayo, marcada con el número 2.019.
Ingresamos por un portón de chapa que conoció mejores tiempos. Luego de trasponerlo, accedimos a lo que alguna vez fue un próspero comercio, ahora convertido en un depósito de trastos viejos.
Es que la familia Juárez tuvo, hasta hace algunos años, un muy buen pasar económico. Pero luego de lo que le sucedió a su hija, las cosas cambiaron. Hoy, 7 años después de haber vendido todo para buscar esa Justicia en la que creían, se preguntan si valió la pena. Casi siempre se responden que no.
La vida, rota
En 2000, Verónica tenía 17 años, estaba completando el último curso del secundario y, junto con sus compañeros, se dedicaba a organizar el viaje de egresados. Ese parecía por entonces el único detalle de su vida futura que no estaba definido. Al resto lo tenía cuidadosamente planeado. “Sabía exactamente lo que quería. Seguir estudiando, recibirme a los 24, casarme a los 25, tener al menos cinco hijos”, contó la joven.
Pero la desgracia que estaba por cernirse sobre ella le trastocó los planes.
La madrugada del 7 de octubre de ese año se retiró de un boliche de Banda del Río Salí en compañía de un joven quien según su versión se había ofrecido, junto con un amigo, a llevarla hasta su casa.
Pero terminaron en un departamento ubicado en la calle Lavalle al 1.000, donde de acuerdo a la denuncia de Verónica, el individuo abusó de ella.
Junto con sus padres hizo la denuncia, acompañándola con varios informes médicos, testimonios y un desgarrador relato en primera persona. Pero la Justicia no le creyó. El tribunal, apoyándose en la decisión de la Fiscal de Cámara -a quien los padres de Verónica cuestionaron con dureza-, de pedir el sobreseimiento, terminó liberando al imputado.
-¿Estabas en la sala el día de la sentencia?
-Sí, estaba ahí.
-¿Y qué pensaste cuando escuchaste el fallo de los jueces?
-En realidad no lo podía creer, porque tenía todas las pruebas. Había pruebas médicas que lo afirmaban. Y eran estas evidencias contra la palabra de ellos. ¿Vale más su palabra contra esas pruebas? Yo no lo puedo creer. Es más, cuando hice la denuncia el personal policial me creyó, creyó mi versión. Tenía todas las pruebas para que salga favorable.
-¿Cuáles son esas pruebas?
-Tengo las pericias médicas, ginecológicas, sicológicas, más los testimonios de una amiga que estuvo conmigo y los vio. También el de mi mamá y otra amiga que estuvieron conmigo al otro día y me vieron cómo estaba. Ellos, en cambio, tenían sólo dos testimonios, el de una persona que dijo haber escuchado que le dijeron que me vieron abrazada con este tipo, a los besos, y otro que me vio desde el cuarto piso de un edificio, en la vereda cruzando la calle diciendo que lo besé. Pero los peritos fueron a hacer una inspección ocular y constataron que está lleno de árboles. No se puede ver, no pueden asegurar haberme visto.
Yo estaba indignada en ese momento pero en realidad, después de que sobreseyeron a uno de los imputados, mucho no esperaba de la Justicia. Mejor dicho de quienes creen hacer Justicia, porque sí creo que existe la Justicia; de eso estoy segura.
Verónica se refiere a quien manejaba el auto en el que fue llevada hasta el lugar en el que asegura haber sido violada.
“Yo había salido de mi casa esa noche para encontrarme con mis compañeros. Pero llegué tarde, así que me fui a casa de una amiga. Como vive en la Banda, me tomé un taxi. Gasté casi toda la plata. Cuando llegué la desperté y nos fuimos al boliche El Cielo”, le contó la joven a este diario, el primer medio al que le narró, en detalle, su versión, la que los jueces desestimaron.
No bien llegaron al local, se les acercaron los que luego serían imputados en la causa. Bailaron y conversaron, pero no más de 15 minutos. Luego se separaron y recién se volvieron a encontrar un par de horas más tarde. En medio de la conversación, ella le comentó a uno de los jóvenes que había gastado todo su dinero, por lo que aún no sabía cómo volver a su casa. Este se ofreció a llevarla en el auto de un amigo. “Yo le dije que sí”, recuerda Verónica con la voz quebrada al referirse a una decisión que nunca dejó de lamentar.
Una vez en el vehículo, el dueño del coche comenzó a propasarse, lo que fue utilizado por el principal imputado para ganarse la confianza de la joven, simulando que la defendía. Pero nunca fueron hasta la casa de la menor, sino que detuvieron la marcha frente al edificio donde éste vivía.
La chica protestó y se negó a bajar del rodado, pero terminó por descender luego de convencerse de que no la llevarían hasta su casa. Posteriormente, siempre según sus dichos, el chofer del coche la llamó y, al acercarse, le pegó una bofetada, justo antes de arrancar el auto. Sorprendida y asustada Verónica, llorando, aceptó la invitación del segundo joven quien le dijo que subiera a su departamento para tomar algo que le devolviera la compostura. Pero una vez arriba, el sujeto la llevó hasta el cuarto y la violó. “Cuando todo terminó, me arrojó la ropa, ordenándome que me vistiera. Antes de que me fuera me dijo: ‘No te preocupés, si quedás embarazada ya sabés dónde vivo’. Después me llevó hasta la calle, paró un taxi y le indicó al chofer adónde me tenía que llevar, pagándole de antemano”, recordó conmovida.
Lo que vino después es historia conocida. Un allanamiento en el lugar del hecho donde se encontraron varias prendas íntimas femeninas -algunas de Verónica-, además de una sorprendente cantidad de cajas de preservativos. El acusado estuvo varios días prófugo. Se presentó ante la Justicia el mismo día en que su abogado llevaba a una escribanía a quienes serían testigos de la defensa. Desde el principio reconoció haber mantenido relaciones sexuales con la joven, pero aseguró que fueron consentidas. Durante el largo proceso, la familia recibió innumerables llamadas amenazantes, una de ellas -se comprobó- efectuada desde un teléfono público ubicado en la Lavalle al 900, a una cuadra del lugar. Además -según María González y Eduardo Juárez, padres de Verónica- el padre del acusado llegó a presentarse en su casa, ofreciéndoles dinero para que desistieran del juicio.
“Ellos llegaron a decir que yo los denunciaba por plata, pero nunca iniciamos una acción civil. Es más, gastamos todo en el juicio”, destacó la víctima.
-¿Estás arrepentida de algo?
-Sí, de haber confiado en alguien que aparentaba ser algo que no era. Pero no me avergüenzo de nada, porque todas las personas que estuvieron conmigo a lo largo de estos años y que están ahora, yo sé que saben cuál es la verdad. Y lo más importante es que Dios sabe cuál es la verdad. Yo tengo la conciencia tranquila. Quiero que se sepa que no tengo nada que demostrarle a la gente.
A este juicio no lo perdí el día de la sentencia. Yo perdí hace siete años, algo que no voy a recuperar más.
Lo único que quiero es que nunca más puedan hacerle esto a otra persona. Y creo que en parte, a pesar de todo lo que pasé y del fallo negativo, es cierto que van a estar libres, pero al menos la van a pensar antes de hacerlo de nuevo.
Los Juárez están buscando abogado. Piensan apelar, aunque saben que es muy difícil. Ellos dudan de la Justicia, pero no de su hija. Por eso van a seguir adelante.
Pero más allá de las consideraciones personales que podamos tener al respecto, la sociedad concibió la idea de forjar instituciones cuyo funcionamiento, libre de toda posibilidad de cuestionamiento, garantice la convivencia armónica a partir del establecimiento de reglas de juego claras e inamovibles.
¿Qué pasa entonces con nuestra comunidad cuando comenzamos a dudar de éstas? Tal vez la respuesta a esa pregunta es lo que se deja ver como la trama de fondo que sostiene todos los males que le toca enfrentar a nuestra sociedad, fragmentada entre opulentos y desposeídos, poderosos y oprimidos, incluidos y marginales, rectos y corruptos.
Claro que de por medio está siempre la Justicia. Concebida como el último reducto en el cual se resguardan y encuentran ayuda quienes de otra manera estarían condenados a sucumbir, su administración debiera ser ejercida de tal modo que no ofrezca resquicios por donde pueda filtrarse la duda.
Pero los hay. Con todo el riesgo que eso implica.
¿Vale la pena?
Verónica Noemí Juárez pidió que su nombre apareciera así, completo. “No hay nada de lo que deba avergonzarme, porque tengo la conciencia tranquila”, le dijo al EL SIGLO luego de que su madre nos franqueara la entrada a la vivienda que se levanta sobre la calle 25 de Mayo, marcada con el número 2.019.
Ingresamos por un portón de chapa que conoció mejores tiempos. Luego de trasponerlo, accedimos a lo que alguna vez fue un próspero comercio, ahora convertido en un depósito de trastos viejos.
Es que la familia Juárez tuvo, hasta hace algunos años, un muy buen pasar económico. Pero luego de lo que le sucedió a su hija, las cosas cambiaron. Hoy, 7 años después de haber vendido todo para buscar esa Justicia en la que creían, se preguntan si valió la pena. Casi siempre se responden que no.
La vida, rota
En 2000, Verónica tenía 17 años, estaba completando el último curso del secundario y, junto con sus compañeros, se dedicaba a organizar el viaje de egresados. Ese parecía por entonces el único detalle de su vida futura que no estaba definido. Al resto lo tenía cuidadosamente planeado. “Sabía exactamente lo que quería. Seguir estudiando, recibirme a los 24, casarme a los 25, tener al menos cinco hijos”, contó la joven.
Pero la desgracia que estaba por cernirse sobre ella le trastocó los planes.
La madrugada del 7 de octubre de ese año se retiró de un boliche de Banda del Río Salí en compañía de un joven quien según su versión se había ofrecido, junto con un amigo, a llevarla hasta su casa.
Pero terminaron en un departamento ubicado en la calle Lavalle al 1.000, donde de acuerdo a la denuncia de Verónica, el individuo abusó de ella.
Junto con sus padres hizo la denuncia, acompañándola con varios informes médicos, testimonios y un desgarrador relato en primera persona. Pero la Justicia no le creyó. El tribunal, apoyándose en la decisión de la Fiscal de Cámara -a quien los padres de Verónica cuestionaron con dureza-, de pedir el sobreseimiento, terminó liberando al imputado.
-¿Estabas en la sala el día de la sentencia?
-Sí, estaba ahí.
-¿Y qué pensaste cuando escuchaste el fallo de los jueces?
-En realidad no lo podía creer, porque tenía todas las pruebas. Había pruebas médicas que lo afirmaban. Y eran estas evidencias contra la palabra de ellos. ¿Vale más su palabra contra esas pruebas? Yo no lo puedo creer. Es más, cuando hice la denuncia el personal policial me creyó, creyó mi versión. Tenía todas las pruebas para que salga favorable.
-¿Cuáles son esas pruebas?
-Tengo las pericias médicas, ginecológicas, sicológicas, más los testimonios de una amiga que estuvo conmigo y los vio. También el de mi mamá y otra amiga que estuvieron conmigo al otro día y me vieron cómo estaba. Ellos, en cambio, tenían sólo dos testimonios, el de una persona que dijo haber escuchado que le dijeron que me vieron abrazada con este tipo, a los besos, y otro que me vio desde el cuarto piso de un edificio, en la vereda cruzando la calle diciendo que lo besé. Pero los peritos fueron a hacer una inspección ocular y constataron que está lleno de árboles. No se puede ver, no pueden asegurar haberme visto.
Yo estaba indignada en ese momento pero en realidad, después de que sobreseyeron a uno de los imputados, mucho no esperaba de la Justicia. Mejor dicho de quienes creen hacer Justicia, porque sí creo que existe la Justicia; de eso estoy segura.
Verónica se refiere a quien manejaba el auto en el que fue llevada hasta el lugar en el que asegura haber sido violada.
“Yo había salido de mi casa esa noche para encontrarme con mis compañeros. Pero llegué tarde, así que me fui a casa de una amiga. Como vive en la Banda, me tomé un taxi. Gasté casi toda la plata. Cuando llegué la desperté y nos fuimos al boliche El Cielo”, le contó la joven a este diario, el primer medio al que le narró, en detalle, su versión, la que los jueces desestimaron.
No bien llegaron al local, se les acercaron los que luego serían imputados en la causa. Bailaron y conversaron, pero no más de 15 minutos. Luego se separaron y recién se volvieron a encontrar un par de horas más tarde. En medio de la conversación, ella le comentó a uno de los jóvenes que había gastado todo su dinero, por lo que aún no sabía cómo volver a su casa. Este se ofreció a llevarla en el auto de un amigo. “Yo le dije que sí”, recuerda Verónica con la voz quebrada al referirse a una decisión que nunca dejó de lamentar.
Una vez en el vehículo, el dueño del coche comenzó a propasarse, lo que fue utilizado por el principal imputado para ganarse la confianza de la joven, simulando que la defendía. Pero nunca fueron hasta la casa de la menor, sino que detuvieron la marcha frente al edificio donde éste vivía.
La chica protestó y se negó a bajar del rodado, pero terminó por descender luego de convencerse de que no la llevarían hasta su casa. Posteriormente, siempre según sus dichos, el chofer del coche la llamó y, al acercarse, le pegó una bofetada, justo antes de arrancar el auto. Sorprendida y asustada Verónica, llorando, aceptó la invitación del segundo joven quien le dijo que subiera a su departamento para tomar algo que le devolviera la compostura. Pero una vez arriba, el sujeto la llevó hasta el cuarto y la violó. “Cuando todo terminó, me arrojó la ropa, ordenándome que me vistiera. Antes de que me fuera me dijo: ‘No te preocupés, si quedás embarazada ya sabés dónde vivo’. Después me llevó hasta la calle, paró un taxi y le indicó al chofer adónde me tenía que llevar, pagándole de antemano”, recordó conmovida.
Lo que vino después es historia conocida. Un allanamiento en el lugar del hecho donde se encontraron varias prendas íntimas femeninas -algunas de Verónica-, además de una sorprendente cantidad de cajas de preservativos. El acusado estuvo varios días prófugo. Se presentó ante la Justicia el mismo día en que su abogado llevaba a una escribanía a quienes serían testigos de la defensa. Desde el principio reconoció haber mantenido relaciones sexuales con la joven, pero aseguró que fueron consentidas. Durante el largo proceso, la familia recibió innumerables llamadas amenazantes, una de ellas -se comprobó- efectuada desde un teléfono público ubicado en la Lavalle al 900, a una cuadra del lugar. Además -según María González y Eduardo Juárez, padres de Verónica- el padre del acusado llegó a presentarse en su casa, ofreciéndoles dinero para que desistieran del juicio.
“Ellos llegaron a decir que yo los denunciaba por plata, pero nunca iniciamos una acción civil. Es más, gastamos todo en el juicio”, destacó la víctima.
-¿Estás arrepentida de algo?
-Sí, de haber confiado en alguien que aparentaba ser algo que no era. Pero no me avergüenzo de nada, porque todas las personas que estuvieron conmigo a lo largo de estos años y que están ahora, yo sé que saben cuál es la verdad. Y lo más importante es que Dios sabe cuál es la verdad. Yo tengo la conciencia tranquila. Quiero que se sepa que no tengo nada que demostrarle a la gente.
A este juicio no lo perdí el día de la sentencia. Yo perdí hace siete años, algo que no voy a recuperar más.
Lo único que quiero es que nunca más puedan hacerle esto a otra persona. Y creo que en parte, a pesar de todo lo que pasé y del fallo negativo, es cierto que van a estar libres, pero al menos la van a pensar antes de hacerlo de nuevo.
Los Juárez están buscando abogado. Piensan apelar, aunque saben que es muy difícil. Ellos dudan de la Justicia, pero no de su hija. Por eso van a seguir adelante.
Por Ariel Guerra
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