Opinión
REHENES
... que persisten en la selva- estén dirigidos a demoler la estrategia de confrontación perpetua del presidente Álvaro Uribe.
De repente, con los testimonios de Clara Rojas y su hijo Emmanuel, con los llantos contenidos de Consuelo González de Perdomo y sus sentencias dolorosas pero calmas, con la narración de hechos espantosos ocurridos allí en lo que se da por llamar "la selva", descubrimos que Colombia es un país que atrasa, que está atascado en una pelea que sólo lo conduce a más horror. Un país que, de manera increíble, funciona como tal en medio de una guerra que lleva cincuenta años y que tiene varios lados: el gobierno -que cada vez que pasan las elecciones se posa más a la derecha y es más enemigo de cualquier diálogo-, la guerrilla -que padece de la desorientación que le dejó la caída del Muro de Berlín-, y la droga, con la colaboración innecesaria de los paramilitares asociados a los carteles más célebremente abyectos de la cocaína.
Detrás, o dentro de esa maraña, increíblemente hay un país, con gente que cada día busca algún sueño, así sea trabajar y ganarse la vida.
Sorpresa y horror
Pero de los relatos de las dos rehenes liberadas, de las cartas de quienes aún quedan capturados, surge nítidamente el horror. Y la sorpresa.
En primer lugar, la sorpresa que significa que un movimiento que se autodenomina "liberador" apele al recurso siniestro del secuestro. Ya no se trata de militares o policías capturados, que soportarían la calificación de "prisioneros de guerra", aún cuando no se trate de un combate regular. No logra adquirir sentido (aún en el escenario incomprensible de una guerra civil) el método de capturar civiles y mantenerlos como rehenes durante cuatro, cinco o diez años. ¿Qué amenaza real le significa a las FARC tener como enemigo a una mujer como Consuelo González, una lúcida pero por eso mismo inofensiva legisladora?
La reflexión tiene que ver con la distancia de esa metodología respecto del propósito político explícito de las FARC, la guerrilla más antigua del continente, que lleva cincuenta años sin poder ser destruida por el poder político colombiano. Las FARC se proponen tomar el poder y romper con la tradición oligárquica y casi monárquica de la política de Colombia, que construyó un país con niveles de exclusión social superlativos. Colombia es un país que lleva años de crecimiento económico y ayuda externa, principalmente de los Estados Unidos, pero donde el 20 por ciento de la población vive con menos de un dólar por día, donde uno de cada cuatro habitantes sufre hambre y donde la brecha entre ricos y pobres es la segunda más ancha del continente (detrás de Brasil). Colombia es, paradojas del mundo capitalista, el segundo país del mundo en concentración de riqueza.
Consecuencia nefasta
En estos días de adjetivaciones variadas y estruendosas alrededor de la historia de los rehenes quizás se ha perdido el hilo de las causas para entender tanta consecuencia nefasta. Como escribió en su blog el analista político internacional Oscar Raúl Cardoso, "no creo que el accionar delictivo de las FARC obligue a elogiar cualquier acción o dicho de hombres como el presidente Álvaro Uribe Vélez cuyos antecedentes personales -las vinculaciones de su familia con el narcotráfico, su relación con los grupos paramilitares- echan una luz de duda sobre su persona y políticas. Tampoco creo que el sistema político colombiano -una curiosa 'democracia hereditaria' en la que los Gaviria heredan a los Gaviria, los Pastrana a los Pastrana, los Betancur a los Betancur y los Uribe a los Uribe- sea el ejemplo inmaculado que algunos pretenden".
Sin embargo, insistimos, el contraste entre el discurso y el accionar guerrillero es lo que más ruido hace. Uno supone que una organización que se ha sostenido durante medio siglo con el apoyo de los sectores más marginados de la sociedad colombiana y que proclama el fin de esa explotación, debiera ser finalmente un ejemplo. La autoridad moral que el Estado colombiano ha perdido a lo largo de las últimas décadas al asociarse a los sectores paramilitares que asesinaron militantes opositores como si fueran moscas es la que también parece haber perdido la guerrilla al usar métodos inhumanos en una lucha por exigir que se humanice a los excluidos.
Años de negociaciones
Igualmente, todo análisis serio, que no pretenda estigmatizar, requiere de la visualización de un proceso, no de la observación de una foto.
El mismo Cardoso, al tiempo que repudia a quienes lo acusan de no ser suficientemente duro con la guerrilla, lo explica: "Pocos recuerdan hoy que en 1985 -en negociaciones con el gobierno del entonces presidente Belisario Betancur- las FARC se desmovilizaron parcialmente y hasta fundaron un partido político, Unión Patriótica, muchos de cuyos miembros fueron asesinados.
Otro presidente colombiano, Andrés Pastrana, que una década después ensayó una nueva negociación reconoció cuando ésta fracasó que si él hubiese sido un miembro de las FARC hubiera tenido poca inclinación a dialogar con el gobierno 'en razón de temer por mi vida'".
La sensación prevaleciente es que se trata de una multitud de desatinos que llevan décadas y donde ningún diálogo puede prevalecer por la ausencia absoluta de confianza. Llama la atención, sin embargo, que los reclamos de los rehenes liberados -e incluso los gritos desesperados de los que persisten en la selva- estén dirigidos a demoler la estrategia de confrontación perpetua del presidente Álvaro Uribe. "Acudo a la faceta humana del presidente Uribe, que sé que no la ha perdido", apeló públicamente Consuelo González, apenas bajó del helicóptero que la sacó de su condición de rehén.
Faceta humana.
Evidentemente, la condición que le falta a esta historia.
(*) Coordinador editor
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