Opinión
LA VENGANZA DE LOS FANTASMAS DE BAZAN FRIAS
Por Julio Tato Medina
Era de armas llevar. Usaba revólver porque, decía, las pistolas que como tal “son mujeres, son celosas, peligrosas y te fallan en el peor momento…”.
Se llamaba Andrés Bazán Frías, (a) “El Manco” –en sus tiempos de delincuente-, (a) “El Gaucho” –en su sobrevida como uno de los tantos santos milagreros populares de Tucumán y de cualquier otro lugar del mundo-.
Lo mató la Policía hace 85 años (el 13 de enero de 1923), sobre la tapia Norte del cementerio del Oeste. Han transcurrido 31.025 días desde su trágico final y su inmediata entronización como “santo” capaz de hacer volver amores perdidos, acertar a la quiniela, aprobar un examen, curar culebrillas, disfunciones sexuales, el mal de ojo o un “gualicho”. Su fama fue desvaneciéndose con el paso del tiempo, tanto en lo delictual como en lo milagrero. Bazán Frías sigue siendo un nombre conocido, pero sin certezas y, mucho menos, interés entre la gente.
Vale la pena pues refrescar la memoria de los mayores y contar a los menores sobre el delincuente-santo, un estereotipo de los bandidos de comienzos del siglo pasado que “no robaban para sí, sino para ayudar a los pobres”.
Hijo de un policía
Nacido en un hogar humilde, pero bien constituido, Bazán Frías recibió educación primaria. Su padre era un sargento de la policía, Félix Bazán, un hombre común. Su madre, Antonia Frías, ama de casa.
Nada se sabe sobre el momento en que Bazán Frías traspuso la línea que separa a los buenos de los malos. Tampoco qué lo llevó a delinquir. Dicen que las injusticias policiales, políticas y patronales. Afirman, por ahí, que su profesión era la de mozo y que en el sindicato gastronómico cultivó el ideario socialista y aprendió las prácticas anarquistas.
Lo cierto es que el mes de septiembre de 1922 lo encontró cumpliendo una condena en la cárcel que, por entonces, se hallaba en la esquina de 25 de Mayo y avenida Sarmiento. De allí, unos días antes de la primavera, se escapó a balazo limpio acompañado por su inseparable amigo y cómplice Martín Leiva. Este no pudo huir, no obstante mató a balazos durante el tiroteo al subteniente de policía Juan Cuezzo. Bazán Frías sí pudo escabullirse.
El sueño del anarquista
La Policía lo buscaba con ahínco y sabía que se reunía con otros maleantes en una suerte de pulpería de las inmediaciones de avenida Colón y Mate de Luna. Era cierto. Allí, cuando aparecía, Bazán Frías buscaba reclutar “hombres de coraje –decía-, que me ayuden a concretar mi sueño: asaltar la penitenciaría (cárcel) y darle la libertad a todos mis amigos”. Pensamiento clave, éste, para entender que Bazán Frías tenía grabado en su cabeza el anarquismo.
El caluroso 13 de enero de 1923, una comisión policial encontró una casucha, cerca de lo que hoy es Güemes y San Lorenzo. Era un aguantadero, donde había varios maleantes a los que la partida policial sorprendió y arrestó. Uno logró eludir a la ley: era Bazán Frías, a la sazón el enemigo público número 1. Tiro va, tiro viene, perseguido y perseguidores llegaron al parque Avellaneda. Los gruesos y frondosos árboles sirvieron de escudo a los contendientes.
La duda mortal
Bazán Frías, era de noche ya, corrió hacia el cementerio del Oeste, pero las puertas se habían cerrado. Pegado a la pared enfiló al Norte y giró hacia el Oeste. Un inmenso eucalipto, ya sobre la acera Sur de calle Mendoza, le dio la oportunidad de trepar la tapia y arrojarse al interior de la necrópolis. Pero esto último nunca llegó a hacer.
Increíblemente, permaneció sobre la tapia, como esperando la llegada de los policías y la consiguiente balacera. Casi un minuto estuvo como “congelado” hasta que los uniformados lo “cosieron” a balazos. Ahora sí, su cuerpo sin vida, como un muñeco de trapo, cayó al interior del cementerio. Entraba a la condición de milagrero.
Dicen que esa noche fue velado por su padre, el policía Félix Bazán, en el propio cementerio del Oeste, pero al otro día lo enterraron en el cementerio del Norte, el campo santo de los pobres. Allí su tumba sigue aún, aunque con menos adhesiones, recibiendo el tributo de los favorecidos por sus “milagros” y el pedido de aquellos que buscan su ayuda. En los bolsillos de su saco negro, de gabardina, se encontraron un crucifijo, un escapulario y una medallita de plata, con una imagen borrosa que habría sido de la Virgen del Valle. También una copia de la Orden del Día policial donde se ordenaba su captura.
Imaginación popular
Pero lo bueno, digamos, viene al final. La historia cierra con una explicación que ni al querido Víctor Sueyro se le habría ocurrido.
Dijeron las rezadoras y lloronas –en esos tiempos las había-, que Bazán Frías no se arrojó al interior del cementerio y ese lapsus de duda permitió la llegada de la Policía y su consiguiente muerte, porque al mirar hacia donde debía saltar se encontró con los fantasmas de sus víctimas, en especial el espectro del sargento de policía José Figueroa al que había ultimado, dicen que alevosamente, con cuatro certeros disparos de su inseparable revólver.
Bazán Frías no volvió desde el túnel con la luz al final para confirmar la historia. Pero el pueblo la tomó como verídica y propia. Para ahondar más el misterio en la jefatura de policía, cuando fueron a ver su prontuario, encontraron que se había quemado. Era nada más que un montón de cenizas sin que el fuego afectara a los otros miles de expedientes que lo rodeaban. Unos dijeron que era el Diablo que llevaba las pruebas de las fechorías del alma que el maligno había ganado; otros afirmaron que siendo inocente de los delitos que le achacaban y habiéndose transformado en “santo milagrero” la Divina Providencia destruyó las infamias de las que los hombres lo acusaban injustamente.
Lo cierto es que Vox Populi, Vox Dei.
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