Opinión
CHOQUE
Cuando el Estado está ausente, está ausente. Así es en la Argentina, cuando se adopta una decisión definitiva: hace algún tiempo (unos treinta años, según algunos, coincidiendo con el inicio de la dictadura; casi veinte años, de acuerdo con otros, al comienzo del menemato) se determinó que el Estado no participara de los actos cotidianos de las personas, creando no sólo una brutal confusión respecto del rol del Estado, sino también un espacio donde vale absolutamente todo.
Resulta extraordinario, casi shockeante, observar cómo mientras los diarios reflejan que todos los días se matan decenas de personas en rutas, calles, avenidas y autopistas, los políticos ni siquiera consideran incorporar el asunto en su agenda, ya no de actividades legislativas o de gestión, sino en sus declaraciones a los medios de comunicación. Es que como el Estado se retiró y no participa de las causas y consecuencias de caos vehicular en la Argentina, sus tácitos representantes, los políticos, entienden que nada tienen que hacer en una cuestión que se dirime entre los protagonistas de la calle.
Peligrosa ignorancia
Lo que ocurre es que la ausencia del Estado se ha convertido en la causa:
-La gente no conoce las reglas de tránsito porque el Estado no las enseña. En la Argentina, por ejemplo, todos los automovilistas creen, equivocadamente, que estando en una autopista de dos carriles se maneja por la izquierda y eventualmente se da paso a quien viene a más velocidad. Falso: se conduce por la derecha y el de la izquierda es un carril que debe ir vacío y sólo ocuparse para adelantarse a otro auto. Es apenas una muestra de nuestra ignorancia, pero tiene una causa: no existe ninguna decisión del Estado -a diferencia de prácticamente todos los países civilizados- para enseñar educación vial en las escuelas; las que lo hacen lo ejecutan por decisión completamente propia.
-La gente conduce mal porque obtener el registro de conductor es más sencillo que darse la vacuna Sabin oral. Excepto la ciudad de Buenos Aires, en donde existe algo más de rigor, o algunas otras ciudades grandes del resto del país, da vergüenza la forma en que uno puede sacar el carnet de conductor. Hay cientos de historias, todas comprobables: la de los innumerables municipios pequeños que entregan la licencia sin más requisito que una foto hasta aquellos que toman un examen que podría aprobar un nene de ocho años con los ojos vendados. Hace una década, España -recién integrada seriamente a la Europa consumista- padecía una epidemia de choques con autos caros y veloces que dejaba cada noche un tendal de muertos. El Estado intervino y resolvió dos cosas: una estupenda campaña masiva de educación vial y serias restricciones para la obtención de la licencia de conducir. Hoy en España obtener el registro es de las cosas más difíciles y caras que deba atravesar un ciudadano. ¿Por qué en la Argentina, donde la gente se mata como moscas, un municipio de cinco mil habitantes perdido en la más rotunda soledad y sin capacidad técnica alguna tiene capacidad para extender algo tan delicado como un carnet con el que alguien puede matar a otro por ignorancia, imprudencia o idiotez?
-Las rutas argentinas son proclives a los accidentes. Hace unos días, en una entrevista originalmente futbolística, Gabriel Batistuta se despachó con una crítica al Estado demoledora. Dijo: yo soy productor agropecuario, me sacan un montón de dinero en impuestos, pero después cuando debo sacar la cosecha no tengo una carretera adecuada, que el Estado debía construir con el dinero que le saca al campo.
El atraso, el descuido, la inadecuación, la antigüedad, de las rutas argentinas es pasmosa: Nadie sabe para qué se cobra peaje si los pozos son trincheras, si la señalización es pésima y, por ejemplo, caminos transitados por miles de camiones de carga como la ruta 9 o la 14, que atraviesa la Mesopotamia hasta Brasil, siguen siendo casi senderos para carretas. Eso sí: es probable que en la Argentina del desatino exista un tren bala para viajar desde Buenos Aires a Rosario, pero no un camino en el que uno no deba rezar antes de emprender el viaje.
Decisiones
-Las grandes decisiones configuran los "pequeños" dramas. Hace poco más de una década, en una de las decisiones más horrorosas de que se tenga memoria en la Argentina, se resolvió -con criterio puramente comercial- el destino del tren, un símbolo completamente social e integrador del país. No hace falta ser muy inteligente -aunque sí sincero- para admitir que el hecho de que la rotunda mayoría de la carga se transporte en camiones asesinos y no en trenes, y todo el transporte de pasajeros sea en tremebundos e inestables ómnibus de dos pisos y no en cómodos vagones, dispone la situación de tal modo que las rutas vayan atestadas cuando podrían ir apenas con autos. Claro, en la Argentina se evaluó la pérdida que daba el ferrocarril, pero no las brutales pérdidas que genera su ausencia.
¿Recaudar o prevenir?
A esto, naturalmente, hay que sumarle la venalidad de la acción policial, que jamás juega un papel preventivo sino meramente recaudador haciendo multas apenas por afán económico; la carencia espantosa de señalización en cualquier ruta o ciudad; la ridiculez de controles de alcoholemia tomados en horas y lugares estúpidos con el sólo propósito de obtener una coima; la inexistencia de las inspecciones vehiculares que hace que circulen automóviles más dispuestos para el museo o la chatarrería que para transitar. Y la lista es infinita y cualquiera de nosotros podría extenderla casi hasta el infinito.
Pero en todos los ejemplos, subyace el mismo patrón: algo está haciendo mal o no está haciendo el Estado para que eso ocurra. Y el Estado no es una entelequia: es una organización conformada por señores y señoras que cada tanto tiempo nosotros votamos.
*Coordinador editor
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