Opinión
Estadística
La estadística, dicen, es el arte de mentir con la elegancia y la prestancia de los números. Un antiguo chiste que solía contarse en ámbitos progresistas en los que se cuestionaba la adoración que los economistas profesaban hacia la aritmética se burlaba de la estadística del siguiente modo: si hay dos pollos y dos personas, aunque una persona se coma los dos pollos, para la estadística habrán comido un pollo cada uno.
El escritor Jorge Luis Borges también se mofaba de la estadística. Ante la proliferación de citas que se apoyaban más en enunciados que en comprobaciones empíricas, Borges sostenía que la ciencia se había convertido en un abuso de la estadística.
Sin embargo, y pese a la infinidad de bromas y sarcasmos que puedan enunciarse al respecto, siempre se presumió que la estadística era una ciencia exacta o, al menos, un subproducto de algo indiscutible e inapelable.
Hasta hoy
Una de las particularidades de los dos gobiernos kirchneristas que comandan el país desde 2003 es que han convertido a la estadística no sólo en una ciencia inexacta -casi tanto como la historia-, sino que también la han transformado en arena de la batalla política interna. La estadística, como toda inferencia que se hace a partir de algunos datos de una muestra representativa de un todo, presenta cierto margen de error como, por caso, tienen todas las encuestas. Una encuesta, un sondeo, un índice, son lecturas aproximadas y fidedignas de la realidad, pero no son la realidad misma. Pero aún cuando se sabe que los valores de inflación a los que llega cualquier instituto de estadísticas en el mundo tienen algún margen de error tolerable, nunca había ocurrido que se discutiera un índice oficial con el argumento de que "la realidad dice otra cosa", cuando esa "otra" realidad es apenas la que un funcionario considera apropiada.
De acuerdo a lo que nos informan los diarios que acceden a situaciones francamente íntimas de la relación entre el ministro de Economía Martín Lousteau y el secretario de Comercio Guillermo Moreno, la batalla por el mecanismo a utilizar para el cálculo del índice de precios al consumidor contiene una carga de subjetividad que nadie imaginaba que se podía alcanzar con el uso de la matemática. Un diario que de pronto, a partir de ciertas licencias comerciales para hacer llegar a la televisión de los hogares, pone en tapa noticias que son más opinión de un funcionario que información, nos ilustró días atrás respecto de la diferencia entre el índice de precios al consumidor del mes de enero medido a través de los habituales (y ya retocados) métodos del INDEC y el que se obtendría con la metodología que pretende imprimir el tan mentado secretario Moreno. Para quienes miran (miramos) esta historia desapasionadamente y con el candor (hasta hoy vigente) de suponer que toda estadística da una fotografía bastante aproximada de lo que es la realidad, resulta conmovedor y sorprendente que la inflación del mes pasado pueda ser -de acuerdo con los índices morenistas- de la mitad de lo que actualmente mide el INDEC, que resulta algo así como la mitad de lo que decía el INDEC hasta la intervención del kirchnerismo y a su vez la mitad de lo que señala el bolsillo cuando uno va a hacer las compras.
Golpe a la ingenuidad
Nuestra ingenuidad recibe un golpe aún más demoledor cuando observamos y leemos que el gobierno de la señora Cristina está atravesado por una interna brutal, no exenta de situaciones pugilísticas entre Moreno y Lousteau, desatada por esta batalla alrededor de cuál índice se impone. Incluso, dicen en Puerto Madero, convertido en una suerte de Gaspar Campos del siglo XXI que rememora el sitio al que todos iban a consultar a Perón cuando el presidente era Cámpora, que el ex jefe de Estado Néstor Kirchner enfureció y levantó el teléfono más de lo habitual cuando se enteró que el ministro de Economía (que en un país normal tendría alguito más de poder en estos menesteres) cuestionaba la metodología propuesta por Moreno para calcular el nuevo índice de inflación.
Según el cristal con que se mira
En definitiva, parece tratarse de esas típicas situaciones en las que alguien elabora un instrumento para que se mida la realidad tal cual esa persona la ve (o quiere que se vea) y no tal cual es. Con ese criterio, algún jefe de gobierno de Buenos Aires -azotada por inundaciones ancestrales- puede mandar a construir un pluviómetro que demuestre que no es que se acumule mucha agua en las calles, sino que la ciudad se está hundiendo. Y George Bush, empantanado por la crisis económica a la que él mismo condujo a Estados Unidos, puede elaborar un sistema de cambio que desmienta que el euro vale casi dos veces un dólar.
Porque al final de cuentas el kirchnerismo, con esta nueva interpretación de la estadística y la matemática (mediante la cual si todos creemos que los útiles escolares aumentaron el cincuenta por ciento, el gobierno nos afirma que apenas subieron el diez), ha desempolvado aquel viejo axioma que señala que "todo es verdad, nada es mentira; todo es según el color del cristal con que se mira". Y si todos miramos a través de un cristal que nos revela determinada realidad, viene el gobierno y con chapa de objetividad nos afirma y nos impone que la realidad es otra. Y a otra cosa, mariposa.
*Coordinador editor
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