HUMO


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26/04/2008 11:11 PM | Al margen de la discusión estéril acerca de si el humo es o no perjudicial para la salud (el sentido común indica que sí, más allá de que atraviese o no los umbrales de la normativa vigente) es imposible negar que a partir de los incendios de los campos bajos del delta a orillas del río Paraná, estamos ante un serio problema ambiental. El asunto es cuando empezó y que desastre ambiental oculta (o revela) el humo. En verdad, además, debería discutirse si el problema ambiental más grave es el humo o lo que el humo oculta: la irracionalidad en el uso de la tierra y la destrucción de espacios naturales de valor ecológico, entre otras cuestiones. Y poco sentido  tiene  detenerse en que esta barbarie le ocurre a la zona próxima a la ciudad de Buenos Aires: en todo el país la especulación provoca situaciones de aniquilación ambiental equivalentes, aunque no haya humo que funciona como síntoma.
Suele decirse que la mejor política ambiental no es la que soluciona problemas sino la que impide que se expresen. El humo que mantiene a quince millones de personas como rehenes ecológicos de la inescrupulosidad de un puñado de productores es una confirmación de esa hipótesis.

Todo un ritual

La quema de pastizales era una acción ritual en las islas del delta cuando la ganadería era una práctica artesanal de subsistencia: el objetivo era despejar el "yuyo negro" que obstruye el "campo nuevo", es decir la gramilla que comen las vacas. También se ha usado como recurso para la "roza" de un terreno y así espantar todo lo que hubiera en la superficie de modo que quede naturalmente alisado para la llegada de la ganadería o de la soja. Tras la crisis, la fisonomía de la producción agraria argentina se transformó. Y aparecieron víctimas ambientales de un avance feroz de la frontera agropecuaria que el Estado, como mínimo, consintió o contempló. Los bosques nativos del norte pasaron de ser áreas marginales a superficies con valor de mercado y destino de topadora, al punto que -sólo con una enorme batalla de los ambientalistas mediante- debió llegar la ley de bosques para detener la barbarie. Y aún así, la barbarie no se detuvo: la semana pasada varios diarios de la provincia de Misiones denunciaron desmontes que los funcionarios justificaron con el falaz  argumento de que la ley de bosques aún no está "del todo" vigente. Las islas del delta, integrantes del riquísimo ecosistema conocido como humedal que actúa como extraordinaria esponja natural que equilibra el flujo de agua en la región, fueron otro blanco de la voracidad de quienes con tal de aprovechar los precios que ofrece el mercado internacional son capaces de sembrar en una maceta.

Bocado inmobiliario

Con el acceso franqueado por el puente Rosario-Victoria, decenas de miles de hectáreas que se extienden desde esa línea hacia el sur pasaron de pantano a bocado del mercado inmobiliario. La cría familiar de ganado fue reemplazada por una actividad que llega desde la pampa empujada por la fiebre de la soja: hace ya cuatro años se estimaba que se había pasado de 40.000 a 190.000 cabezas de ganado en las islas a orillas del Paraná. Es que la soja que hoy se planta en las banquinas, empujó a sitios antes marginales a las vacas que hoy pastan en bañados, desiertos o cualquier otro sitio en donde aquella oleaginosa no crezca. Por ahora.
Pero nada es producto de la magia o del azar: en mayo de 2006 el gobierno de Entre Ríos anunció la "privatización" de 130.000 hectáreas de campos bajos e islas del departamento de Victoria. El objetivo era integrar a la producción ganadera tierras fiscales que la naturaleza, tozuda como siempre, había diseñado para una finalidad más ecológica.

Cambia el ecosistema

En ese mismo acto administrativo, se inscribían las futuras quemas de pastizales en el destino de esas tierras. La sorpresa y la acción tardía de estos días, entonces, no parecen justificadas: ya en el 2004, el documento "Quemar por dinero", del Taller Ecologista de Rosario, ilustraba que "a partir de la verificación de los focos ígneos y con un simple cruzamiento de datos en la dirección de Catastro de Entre Ríos se puede individualizar con facilidad a los propietarios de los terrenos afectados". Para decirlo de otro modo: si el Estado, en este caso de una provincia, no hubiera decidido integrar a la "producción", sin mediar ningún estudio de impacto ambiental ni evaluación acerca del mejor destino para esas tierras, un área frágil desde el punto de vista ecológico, no estaríamos hablando de humo en los ojos de medio país.
El problema del fuego no sólo son nuestras mucosas o nuestros ojos llorosos. Los incendios de esos pastizales, por su escala y el sobrepastoreo posterior al que son sometidos esos terrenos bajos, son el telón de una brutal transformación del ecosistema. Seguramente, en pocos años estaremos añorando un paisaje perdido que sólo quedará presente en algún parque nacional. Y padeceremos inundaciones o sequías sin identificar que su causa se gestó en estos tiempos de humo.

(*) Coordinador editor


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