El hambre, ¿un asunto aritmetico?


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07/06/2008 10:41 PM | Desde hace mucho tiempo, y con más fruición en los últimos días a raíz de la cumbre de presidentes desatada como consecuencia del aumento del precio de los alimentos en el mundo, se escucha una especie de cuenta de almacenero que discute la lógica de que en un mundo en que se recoge tal cantidad de productos y en el que la tecnología ha arrasada con las barreras de otros tiempos, es imposible que haya gente que pase hambre. Es imposible, pero ocurre, y ocurre en una escala obscena, que debería abochornarnos en nuestra condición humana: 800 millones de personas en el planeta no tienen para comer.
En la Argentina, país de escasa imaginación en esto de repetir consignas, también se aplica ese silogismo estúpido e inoperante. Siempre aparece algún marmota, en especial en tiempos de campaña electoral, que con voz grave y ceño fruncido promete que revertirá esa situación increíble por la que un país que produce alimentos para trescientos millones de personas, tiene más de un par de millones propios que pasan hambre.
Es que el hambre no es una cuenta. No es una cuestión que resuelvan las matemáticas, sino la política.

Falsa expectativa

Hace dos años, con la intención de demostrar al mundo que los países desarrollados, culpables de la porción más determinante de la contaminación mundial, se habían decidido a colaborar en la detención del calentamiento global, la Comunidad Europea anunció una fuerte política de reemplazo de las naftas provenientes del petróleo por otras originadas en la fabricación de biocombustibles. Apenas un tiempo más tarde, y también como respuesta a las tremendas críticas por su falta de compromiso con la situación mundial derivada del cambio climático de cuyos gases Estados Unidos es responsable en un 30 por ciento, el presidente George W. Bush le hizo caso a su entonces colega Tony Blair y en un mismo discurso admitió que existía el calentamiento global y anunció la adscripción de su país a los biocombustibles: en 2010 el gran país del norte destinará 100 millones de toneladas de maíz a la fabricación de esas naftas.
A la mañana siguiente, tal como advertían aquellos que calificaban de perversión dejar de alimentar gente para alimentar autos, el precio de los alimentos comenzó a dispararse sin solución de continuidad.
La semana pasada, antes de la fracasada cumbre de Roma, dos organismos internacionales, la organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), evaluaron que más del 30 por ciento de la suba de los alimentos se explica en la competencia desleal que supone la demanda de granos para fabricar biocombustibles. Además, como hecho paralelo al impacto sobre los alimentos, la elección es cuestionable porque desde el punto de vista ambiental es muy discutible si la contaminación que se reduce por el uso de biocombustibles no se compensa durante su fabricación, dando un macabro juego de suma cero. Pero esa incongruencia se explica en la economía: el único combustible menos contaminante que el petróleo que mantiene en pie a la industria petrolera (a través del brutal negocio de la distribución hacia los surtidores) es precisamente el biocombustible.

No tan difícil

Con estos antecedentes, el mundo fue a la cumbre de la FAO en Roma. Y los líderes de este organismo de Naciones Unidas los esperaron con una cuenta: "El mundo sólo necesita 30.000 millones de dólares anuales para erradicar la amenaza del hambre".
La pregunta que cualquiera se hace es obvia: si es tan sencillo, ¿por qué no se hace? Si sólo depende de que un puñado de países ricos derive a una cuenta bancaria 30.000 millones de dólares, ¿por qué sigue habiendo 800 millones de personas que pasan hambre o chicos que se mueren como moscas?
La respuesta también es muy obvia, aunque mucho más angustiante: porque el mundo es infinitamente más complejo y las relaciones sociales y económicas muchísimo más dependientes de intereses que de la buena voluntad, como para que el hambre en el planeta se resuelva con una cuenta aritmética. Hace un par de siglos, Robert Malthus previó que habría una intensa hambruna porque la población crecía geométricamente y la capacidad de producción de alimentos lo hacía de manera lineal. Algunos, viendo a comienzos de 1970 que avanzaban en el planeta los contingentes de hambrientos, exhumaron a Malthus y hablaron de una bomba poblacional que desataría el colapso de la humanidad. Nada de eso pasó y la tecnología, en cambio, avanzó al punto de que hoy el planeta genera alimentos para mucho más que los habitantes que la pueblan. Malthus decía que en el banquete de la humanidad no alcanzarían los alimentos para que comieran todos. Hoy vuelve a quedar en claro que no es un tema de matemáticas: como en toda la historia de la humanidad el tema no es que no alcance la comida sino si todos están invitados a sentarse a la mesa. Hoy hay al menos 800 millones de personas que miran del otro lado del vidrio.


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