Opinión
SALVADOS
Seguramente pocos, o casi nadie, han tomado dimensión de la magnitud, pues hacerlo implica tanto vértigo como el que se siente volando en parapente sin saber volar en parapente. El Congreso de los Estados Unidos, a instancias de George W. Bush, el presidente de ese país que llega al final de su cargo con la peor imagen pública entre sus connacionales, aprobó una ayuda financiera de 700.000 millones de dólares para salvar a los integrantes del sistema financiero que decidieron, con su "audacia", poner al planeta al borde del abismo.
Setecientos mil millones de dólares.
Dos veces el producto bruto interno de la Argentina. Es decir, dos veces lo que todo nuestro país produce a lo largo de un año.
Una crítica visión
El periodista Michael Moore, históricamente crítico a través de sus documentales con "el modo de vida estadounidense", señaló a raíz de esa decisión: "El objetivo de este rescate es proteger la obscena acumulación de riqueza que ha sido amasada en los últimos ocho años. Es para proteger a los accionistas que poseen y controlan a las corporaciones en Estados Unidos. Es para asegurarse que sus yates y mansiones y su 'forma de vida' no sean interrumpidos mientras que el resto de los estadounidenses sufren y luchan para pagar las cuentas. Dejemos que los ricos sufran al menos una vez. Que paguen el costo del rescate. Estamos gastando 400 millones de dólares porl día en la guerra de Irak. ¡Que acaben de una vez con la guerra y nos ahorraremos otro medio trillón de dólares! Están protagonizando un golpe de Estado financiero en contra de nuestro país".
Más allá -o más acá- de las consideraciones ideológicas de Moore, resulta de sentido común preguntarse por qué en el paraíso del mercado es el Estado -es decir la totalidad de los contribuyentes- el que debe salvar a una caterva de malandras que tomó decisiones equivocadas sólo pensando en su bolsillo. Pues, seamos claros, la crisis financiera que ahora pagaremos entre todos no fue consecuencia apenas de una errada política económica o alguna medida poco estudiada de un funcionario.
Al contrario, estamos ante los resultados del salto al vacío de un puñado de crápulas que se movilizan pura y exclusivamente detrás del dinero y que todo lo que hicieron (las hipotecas basura, los préstamos no garantizados) lo hicieron con la única finalidad de ganar más dinero. Y apostando a que, en caso de salirles mal, alguien (la sociedad amenazada por la necesidad de hacerle frente a la hecatombre) saldría a salvarles la ropa.
Experiencia argentina
Los argentinos, que tenemos un posdoctorado en crisis económicas, sabemos de qué se habla cuando se menciona la palabra salvataje por parte del Estado. Invocando la cercanía de una época nefasta para todos (que finalmente igual se produce), se pone en marcha un plan para socorrer a unos poquitos. En 1982, en las postrimerías de la dictadura militar, un entonces joven y no del todo pelado Domingo Cavallo bajó de Córdoba para estatizar la deuda privada con el argumento de que así se evitaría el mal mayor de una crisis económica nacional. El Estado se hizo cargo de esa deuda (así nació la era contemporánea de la obscena deuda externa y eterna), y la crisis sobrevino igual, tanto que la dictadura huyó acorralada por la debacle de las Islas Malvinas y una situación económica insostenible, con la tablita de Lorenzo Sigaut.
En 2002, tras el corralito, los bancos resolvieron violar la ley de intangibilidad de los depósitos y defecar sobre la norma que obligaba a las casas matrices a socorrer a las sucursales en riesgo (argumento utilizado para trasnacionalizar la banca). Tras cartón, acudieron al Estado para que, con bonos como los todavía vigentes Boden, se le pagara con fondos públicos a quienes vieron a su dinero atrapado en las cuentas de los bancos. El fundamento era, lógicamente, el de siempre. Para evitar el mal mayor del descalabro de la economía y la desaparición física del sistema financiero, había que poner los fondos públicos al servicio del salvataje de los artífices del dislate. El resultado también fue el obvio: la economía se desfondó igual (qué otra cosa es, si no, un índice de pobreza que trepó al 52 por ciento) y el sistema financiero que tanto había que proteger nunca conformó un mecanismo de crédito genuino en el país ni le prestó jamás a nadie que lo necesitara a una tasa posible de pagar.
La historia es siempre la misma, independientemente de la geografía en que se desata.
Quien más tiene y más errores comete es el que menos paga.
Investigaciones, nada
Nadie, de hecho, ni en los Estados Unidos ahora ni en la Argentina de hace siete años, investigó ni investigará a los autores de tamaña barbarie económica. Cuanto menos, correspondería por los daños provocados, pero ni eso: la lógica del mundo es que las pérdidas de socializan. Las ganancias, lo sabemos, son siempre privadas.
El capitalismo -al menos el que sufrimos día a día y no el que nos enseñan en los libros o los diarios escritos por Chicago boys- es todo lo contrario de una ruleta. En el casino quien arriesga más allá de lo coherente, pierde y paga. Quien apuesta cantidades aberrantes a un solo número o quien se mete en un garito sin respaldo, pierde y paga. En el capitalismo, en cambio, quien juega a un número que ni siquiera está en el paño, nunca pierde. Y le pagan.
(*) Coordinador editor
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