ROMINA


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06/12/2008 10:34 PM |

¿Se echó o la echaron? ¿Tuvo el gesto de honradez intelectual -que nadie pudo escuchar o leer públicamente- de oponerse a la decisión presidencial de vetar la ley de protección de glaciares o utilizó esa incomprobable oposición para generar una salida decorosa a una gestión tremendamente criticada? Muchas cosas llamaron la atención de la salida de Romina Picolotti -quizás una de las funcionarias de más alto perfil y mayor concentración de rechazo social- del gobierno que la llevó hace dos años y medio como si fuera la esperanza verde que los salvaría de un conflicto (Botnia) que nadie tenía en su agenda. La primera, y más llamativa, fue la sanguinaria operación de prensa, de parte del mismo gobierno que ahora repartió la información sobre irregularidades que hace un año y medio negó sin siquiera permitirse una investigación de rigor. Resulta tan sorprendente ver cómo antes se defendió lo indefendible, tanto como comprobar que ahora se descuartiza a quien debió haber dejado la función pública mucho tiempo antes que ahora.
¿Cuál fue el principal pecado de Romina Picolotti, amén de la posibilidad -que evaluará la justicia- de haber cometido algún delito en el manejo de los fondos públicos?

Soberbia

El más grave fue el de la soberbia que, como decía mi abuela, está en la misma moneda que la ignorancia, pero en la cara opuesta. Es, en ese sentido, interesante recordar cuando allá por fines de 2006 Picolotti había asegurado a todos de que iba a detener la construcción de Botnia convenciendo al Banco Mundial de no otorgar el aval crediticio que la pastera finlandesa precisaba para salir a financiarse en los bancos privados. Apenas horas antes de que el directorio del Banco Mundial diera a conocer oficialmente que en su votación (por apenas 23 votos contra uno) se había decidido aprobar el préstamo a Botnia, y  mientras toda la información indicaba que ése iba a ser el resultado, el marido de Picolotti, Daniel Taillant, supuesto ambientalista, apuraba periodistas en nombre de su esposa para venderles la noticia de que se había parado el dinero para la pastera finlandesa.

Inoperancia

Un listado inocultable de situaciones hilvanas entre sí confirma la inoperancia de Picolotti al frente de la Secretaría y su desprecio por quien no integrara su séquito cordobés: creó una suerte de Secretaría paralela contratando unas quinientas personas y dejó sin tarea a prácticamente todo el personal de planta, algunos de cuyos integrantes -de incuestionable trayectoria profesional- debieron emigrar hasta del país para seguir trabajando.
-Los incendios del delta.
-La persistencia en el tiempo de todas las situaciones graves de contaminación (desde la cuenca Salí-Dulce hasta los chicos jujeños envenenados con metales pesados.
-El colapso de las dos especies de peces más comercializadas de la Argentina: el sábalo del río Paraná y la merluza de la plataforma continental marítima.
-La incapacidad para hacer avanzar siquiera un centímetro la generación de energías alternativas.
-El avance indiscriminado de la industria minera, al punto de ser el artífice intelectual del veto a la ley de glaciares.
-El desastre ecológico del desmonte sobre los bosques nativos, la postergación sempiterna para la aprobación de la ley de bosques y, finalmente, la no reglamentación, una vez que el Congreso la votó.

Silencio

La lista es larga y, en realidad, lo que demuestra es que pese a los discursos inflamados que dicen lo contrario, en la Argentina la cuestión ambiental, entendida como una posición de compromiso con el futuro, no alcanza a ser política de Estado. Es probable que alguna vez que rompa el silencio, Picolotti diga que no pudo lidiar positivamente con ninguno de los problemas antes enunciados porque el gobierno no tenía vocación de hacerlo. En parte, el dato parece ser cierto, toda vez que las decisiones que derivan consecuencias que adoptan la forma de esos dramas ambientales, son tomadas en ámbitos que están fuera de las paredes políticas de la Secretaría de Medio Ambiente. Pero, si eso es así, la gran pregunta es por qué Picolotti no se fue antes y por qué se quedó dos años y medio compartiendo con un gobierno que no tenía vocación ambiental. Eso tampoco explica por qué la ejecución de su presupuesto fue una de las más bajas de todo el Poder Ejecutivo, al punto que ni en 2007 ni en 2008 logró gastar siquiera la mitad del presupuesto que se le había asignado. Más difícil es todavía explicar por qué una mujer joven, llegada a la política desde una lucha tan enaltecedora como el derecho ambiental de los pobres en los países pobres, cosechó tan magra reputación social: Picolotti fue, apenas pasado el furor del comienzo de su gestión, integrante permanente de la terna conformada por los peores y más resistidos funcionarios del gobierno nacional.

Recetas equivocadas

¿Es todo casualidad? ¿Es todo complot?
En todo caso, y mirando el futuro, la experiencia debiera servir para no repetir recetas equivocadas. El pasaje de Picolotti por una tarea tan bastardeada y al mismo tiempo tan necesaria debe servir para revisar la calidad de los nombramientos: además de la honestidad -que es un piso común para cualquier instancia de la función pública-, la idoneidad profesional tiene que ser una condición ineludible. Y las políticas de Estado no son consignas sino decisiones que se deben adoptar y que, de hacerlo, afectarán intereses. Caso contrario, deberá aceptarse que es apena sun slogan y que, en la vida real, cada cual contamina lo que quiere.

(*) Coordinador editor


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